viernes, 3 de febrero de 2017

"La doma india o ¿quiénes son los salvajes, carapálida? por Alberto Azcárate

Texto: Alberto Azcárate (General Villegas - Argentina)
Articulista en medios digitales. Activista Ganemos Madrid

No sé si fue en “Una excursión a los indios ranqueles”, de Lucio V. Mansilla, o en otra referencia bibliográfica que recogí lo que intentaré evocar acerca del singular método que utilizaba el indio de la pampa húmeda para domar el caballo.

Para hacerse con la voluntad del animal, el criollo heredó del español un método de doma basado esencialmente en doblegarlo, por la vía de infundirle dolor y miedo. Desde el vamos, establecía con él un vínculo de violento enfrentamiento. Le imponía una relación tan breve como brutal, de una corta sucesión de episodios marcados por un antagonismo sin concesiones, hasta que en el supremo instante en que conseguía mantenerse en la grupa sin ser derribado, no sólo consagraba su dominio definitivo sobre él; en ese acontecimiento también lo derrotaba, quebrando algo esencial, vertebral, de su naturaleza.



Al par que lo moldeaba en una relación de sometimiento y de sumisión, lo convertía en un producto manso y dócil, adecuado a sus necesidades, una potente máquina de trabajo; fuera para labranza o para el transporte individual o colectivo. De ahí en más precisaría de imprescindibles instrumentos de dominación para consagrar la relación jerárquica que establecería: montura, estribos, rebenque, látigo y riendas.

 Nada de esto precisó el indio para hacerse con la voluntad del animal. No fue menester doblegarlo, su objetivo no era convertirlo en obediente instrumento para las rutinarias labores del campo, o el apacible transporte de mercancías o personas. A diferencia del criollo y del español, el aborigen en vez de someter al animal, de cercenarle sus potencias, sólo lo amansaba. Lejos de convertirse en su amo, se compuso, se asoció a él para constituir una biunívoca y poderosa máquina para cazar, hacer la guerra y cabalgar largas distancias en condiciones climáticas y de alimentación adversas. Para eso no le hizo falta la tecnología de sumisión que el criollo, heredara del español (riendas, látigo, montura, estribos). Le bastaban las piernas. Y el pelo del animal era la única y suficiente montura.

El resultado conseguido era otro. Aún recuerdo vivamente la descripción del autor de aquellas  memorables líneas, al relatar el profundo terror que infundían los malones indios en las poblaciones  que, a medida que el hombre blanco iba llegando, invadían los territorios de los pobladores originarios. El autor destacaba que el pavor no era causado sólo por los gritos electrizantes de los guerreros ni por sus rostros pintarrajeados y desencajados por la ira, sino en buena medida, por el temible instrumento de combate que constituían el indio y su caballo. En vez de dos seres independientes, una aterradora máquina de guerra unitaria que, como mitológico centauro, se abatía sobre las tropas y poblaciones cristianas. El cronista describía con esmero el tremendo vigor de esas cabalgaduras, las cabriolas bélicas, los rápidos avances y retrocesos, marchas y contramarchas, los prodigiosos saltos sobre zanjas y barrancos, como si la voluntad del animal y del guerrero respondieran a un único mando que les trascendiera, en la suprema misión de ganar la batalla y expulsar a los invasores. Ese caballo, destacaba el autor, era de otra naturaleza que el que producía el criollo. Conservaba la energía, el brío y vigor originales. Su integridad. Su naturaleza no le había sido arrebatada. Era un animal indómito (no domado). Como chúcaro, redomón, o similar, quizá lo habría calificado la insuficiente jerga gauchesca, en el autocentrado empeño de clasificar a ese ente desconocido e inaccesible.

¿Cómo conseguía el indio semejante resultado? La respuesta hay que buscarla en la relación que establecía con el mundo que le rodeaba y en el lugar que él ocupaba en ese cosmos. El aborigen se concebía no en el centro, sino como una pieza más del universo. Este hombre no estaba dominado por imperativos de producción ni de acumulación. Vivía al día, el nomadismo era su forma de organización social. La caza –y según su implantación- la pesca eran sus principales fuentes de alimentación. El tiempo tampoco era ese dictador implacable que martiriza a occidente, el indio vivía y disfrutaba de su entorno como una criatura más de ese sistema. Esa estética de vida le permitió utilizar largas horas para conocer y relacionarse con ese preciado bien –el caballo- que le había sido concedido con la llegada del español.

El indio aprendió a conocer en profundidad la naturaleza (psicología, si se prefiere) del animal, a entenderla y a acoplarla a la propia, hasta producir esa relación que le transformara tan profundamente la existencia: gracias a este animal pudo recorrer largas distancias, incursionar en territorios lejanos, hacer la guerra, cazar en velocidad.

¿Y cuál fue el método que utilizó para obtenerla? La caricia. Para llegar a esta notable integración con el animal, el indio dedicó interminables horas a amansar a su caballo con este recurso; así consiguió sacarle las cosquillas –o mejor, a modulárselas- a base de caricias, de aproximación corporal y expresiones sonoras (exclamaciones, silbidos). En vez de manearlo, espolearlo, azotarlo, tirarle de la boca, prefirió convertirlo en su aliado y compinche. Y se tomó todo el tiempo necesario para conseguirlo.

Alberto Azcárate


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