martes, 30 de septiembre de 2008

Video de H-Kayne, encontrado en Youtube, grabado en Madrid durante las Noches del Ramadán

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“El velo desnudo” de Badia Hadj Nasser (Ed. Alcalá Grupo Editorial)

Tánger es una de las ciudades que más literatura ha deparado. Hace un año una editorial de Alcalá la Real (Jaén) publicó “El velo desnudo” de la tangerina Badia Hadj Nasser, una psicoanalista que vive entre su ciudad natal y París. Para muchos se trata de la novela más valiente escrita por una mujer marroquí. Un relato audaz, templado, sin complejos, que en momentos estremece, incluso irrita cuando refleja abiertamente una sociedad donde sus miembros más activos, sobre todo si son mujeres, deben navegar esquizofrénicamente sobre los límites en los que deben o pueden moverse.


La novela expresa la historia de una joven, Yasmina, nacida en el seno de una familia tradicional y los cambios que se producen en su vida cuando se enamora de un cooperante extranjero, lo que le lleva a ser rechazada por sus familiares, que no entienden su pretensión por tener una identidad personal diferenciada. Una narración atrevida, donde no faltan los relatos de contenido sexual, muestra las situaciones de muchos jóvenes magrebíes que no quieren renunciar a su identidad, pero que tampoco quieren perderse lo novedoso que van descubriendo. Una mezcla de literatura y realidad vivida. Un amasijo de educación burguesa y los deseos de igualdad e individualidad. Puede sorprender un relato tan directo, ya que la visión que tenemos de Marruecos está llena de tópicos y tabúes que poco se asemeja a lo real. Badia Hadj Nasser rompe con muchos de ellos.


El título “El velo desnudo” refleja el entorno de las mujeres que ocultan su rostro ante evoluciones que no acaban de comprender, pero también para encubrir sus andanzas –sean estas más o menos honradas–; tiene cierta semejanza con “El pan desnudo” de Mohamed Choukry. Similitudes que van más allá de las denominaciones de sus obras.

H-Kayne cerró las III Noches de Ramadán en el mundo redondo de Lavapiés



Crónica de Julio Castro.
www.larepublicacultural.es/articulo.php3?id_article=1045

Teniendo en cuenta la extensa población marroquí en la ciudad de Madrid, es comprensible el volumen de gente, especialmente jóvenes de aquel país que se electrizaron y enloquecieron al ritmo de los H-Kayne en la última sesión de música del Festival de Las Noches de Ramadán, que se ha venido celebrando esta semana en Madrid.

Jóvenes y no tanto, marroquíes y menos marroquíes, gentes de todo lugar, o de uno solo (que es Lavapiés, como un mundo redondo), se dieron cita una noche más, de este tercer año de festival. Al poco de llegar, sentado en una grada de cemento junto a la valla, con una amiga, vemos a los chavales y cavalas del barrio de distinta procedencia juegan en un grupo al lado. Ella me pregunta “¿les entiendes algo?” pego el oído y digo “Sí, claro, hablan en castellano”, y río, porque sé que en este paraje internacional, sus habitantes pasan de un idioma a otro de manera sencilla y natural. Allí sentada, una mujer con velo (la madre de algunos de ellos) les acompaña pacientemente a la espera de ir a la carpa del concierto. Se van y viene un señor mayor con su bastón. Este es producto nacional. Pasados unos minutos me toca en el hombro como quien llama a la puerta y me dice que si me puedo echar un poco “un palmo, sólo un palmo apenas para allá”: hace sitio a su amigo, otro hombre, este magrebí, con el que comienza una animada charla.

Y al rato, los más jóvenes del escenario este año, arrancan con su festival de rap. Una tormenta de agua de principios de otoño nos ha saludado al comienzo de la presentación, todos entramos más rápido que de costumbre, pero nadie corre, porque se agradece el agua, pensando especialmente en el calor del concierto que viene.

Hoy la fiesta es “salvaje”, divertida. Los de seguridad en el concierto tienen trabajo todo el rato, porque los espectadores tienen un empeño constante en subirse a todas las vallas, en subirse unos encima de otros y saltar… vaya, que si no hay accidentes es porque hay suerte y porque hay muy buen rollo en la carpa. Tras unas piezas con el rap, saltan a escena las cuatro voces integrantes de H-Kayne. Su nombre dice “¡qué pasa!” en el árabe coloquial de Marruecos y, como es habitual, arrancan con su presentación que es el tema musical compuesto haciendo el juego de su nombre.

Estos músicos que protestan por diversas cosas en su mundo, en su entorno y que no son precisamente conformistas, consiguen enardecer fácilmente al público que les sigue. Tienen buenas tablas, porque están muy preparados y porque sienten lo que dicen y su ritmo particular, pero, además, tienen buena escuela de interpretación, se mueven con una fácil expresión corporal que hace suponer muchos ensayos en el equipo, para conseguir que quede todo improvisado, pero también para poder llegar al público aunque no comprenda sus letras: mucho de lenguaje teatral acompaña a este lenguaje musical.

Hasta el último concierto hemos llegado un año más, con una variedad que permite conocer mucho de la actualidad musical del mundo musulmán más próximo a nosotros, pero también de sus referentes no tan actuales. Una ocasión más para comprender que no hay enfrentamientos entre las gentes, ni exclusiones ganas, salvo de compartir una música de diversos lugares. ¡Ay si nos dieran un poquito más de acceso libre a la multiculturalidad a tod@s! Este mundo redondo de Lavapiés, que no gira entorno a los mismos soles que los demás, ofrece una muestra de lo que puede ser.

La música de Noura, piedra clave del arco atlántico mediterráneo

Crónica de Julio Castro.
Noura y su grupo marcan el punto de inflexión en la tercera edición del madrileño Festival Las Noches de Ramadán, que se celebra en Madrid. El concierto que ofrecieron el pasado viernes en el barrio de Lavapiés es un punto necesario para comprender muchas cosas de la visión de conjunto respecto al significado y la evolución de las músicas en una amplia región africana que recorre parte de la costa Atlántica, para encauzarse en nuestro Mediterráneo.

No sólo de estilos musicales tradicionales vale hablar en este caso. Tratamos de una recién treintañera, que pese a su condición de mujer en Mauritania está consiguiendo revolucionar o poner patas arriba el panorama musical desde el estilo más tradicional hasta el más moderno, con sonidos cercanos a sus profundas raíces continentales y regionales, con brotes nuevos dentro de nuestra cultura. Comienza el concierto con lo más clásico de las músicas mauritanas, con Noura y las dos voces femeninas que hacen coros y hacen sonar el ardín, un instrumento musical de 13 cuerdas de su región. Tras esta primera parte, todo cambia, o así parece, porque se introducen tres elementos de cuerda electónica (guitarras y bajo), un teclado sintetizado y percusión con batería, que ya acompañarán a las cantantes hasta el final.

No es solo la instrumentación lo que han actualizado, sino el sonido y los cambios de ritmos que acercan, incluso al rock, algunas de las piezas musicales.

Decía antes de su condición de mujeres en Mauritania cambiando la música, pero hay que añadir que Noura Mint Seymaly proviene de una tradición musical femenina, que incluye a su madre Mounine Mint Leïa, que se encargó de formarla en ese mundo artístico desde muy joven “fue una gran artista y la que me transmitió su arte para perpetuarlo”, dice Noura acerca de Mounine.

Al poco de llegar me hicieron notar una evidencia: la belleza que las tres mujeres tienen, como un reflejo de algo interior muy especial, más allá de lo físico, y que se transmite hechizando al público durante la actuación, también en sus gestos expresivos más graciosos al bailar en el escenario.

E insisto, creo que la disposición musical de este festival permite, conociendo apenas algo de los sonidos musicales de ciertos lugares africanos, ver la transición entre regiones, con una evolución que transgrede las fronteras artificiales como el intercambio de población, como el intercambio cultural, como el vuelo de los pájaros que van trayendo y llevando el viento entre lugares. Así, el primer día escuchábamos el peculiar estilo de Oumar Pène con su del entorno senegalés, seguido de Cheba Zahouaina, argelina que siendo mujer actualiza estilos del raï en su país, ahora, a caballo entre uno y otro extremo hemos recibido a Noura (por cierto, primera vez en Madrid y segunda en España, tras pasar por Pirineos Sur este mismo año). Conociendo el arco que va de Mauritania a Argelia, que es el Sáhara Occidental, y sus músicas y voces femeninas, es comprensible a la perfección, como la piedra clave del arco, que conecta el Atlántico con el Mediterráneo Norte en la expresión sonora, sin ello no se puede captar la trayectoria: es el recorrido o la vía de doble sentido entre distintas culturas.

Esta noche el turno corresponde a la “chavalería”, los H-Kayne (como ya sabemos, su nombre significa “qué pasa” en coloquial de Marruecos). Son el rap, son la juventud, son la transgresión en su pueblo, son parte de la revolución musical de su país, un soplo de libertad e innovación para ese lugar anquilosado en las estructuras monárquicas. Gente como ellos y como Darga y otros tantos que ahora son grandes desconocidos en nuestro entorno, conseguirán enlazar de nuevo nuestro mundo con el suyo a través de la cultura. Veremos si entre tod@s podemos hacer moverse las ruedas del mundo o hacer saltar los engranajes.

Mujer y argelina, Cheba Zahouaina cambia su mundo y fusiona culturas en Madrid



Crónica de Julio Castro de la segunda jornada de Noches de Ramadán.
www.larepublicacultural.es/articulo.php3?id_article=1043

Y llegó el turno a la segunda actuación musical de las Noches de Ramadán, en Lavapiés. En este caso, concierto a cargo de una argelina, la Cheba Zahouaina, que se sube a este carro de la multiculturalidad en Madrid, rompiendo también aquí los moldes que está empeñada en deshacer desde su cultura y su país, sin renunciar a sus orígenes y condición.

Es importante ubicar las cosas en su lugar y en su momento (nunca me canso de remarcarlo), porque pensemos que se trata de una mujer nacida en Orán en el ’59, es decir, en un mundo de raíces musulmanas que encierra una serie de conflictos sociales, no muy diferentes de los que existen o han existido no hace mucho, en nuestro entorno ibérico y “occidental” en general. Me refiero al hecho de ser una mujer en un país en el que algunos están empeñados en hacer una imposición religiosa extrema, en tanto que otros están empeñados en imponer lo contrario sin renunciar a sus conceptos sociales y familiares. Esto nos deja como resultado un entorno poco amable para una mujer que quiere dirigir una banda, componer, cantar en un escenario con un atuendo normal, adaptando la música más tradicional de sus orígenes magrebíes oraneses, en un raï de su tierra, como cheika, es decir, maestra poeta que canta su poesía y sus enseñanzas… un combinado que a much@s se antojará imposible en su tierra: aquí hay que apreciar el contexto (o limitarse a escuchar su música y su voz).

El patio de asistentes cambia de un día para otro, pero mantiene su variedad, mayorías y minorías aparte, así que ayer tocaba un amplio espectro de argelinos y otros magrebíes de todo origen y condición. Todos grabando con sus móviles, o haciendo fotos, o llamando para que otros pudieran escuchar a esta mujer de fuerte voz, casi ronca, que en su propio estilo levanta pasiones entre los espectadores.

En un momento dado, al poco de comenzar, alguien lanza una bandera argelina, que ella recoge, y abraza: aclara que esto es algo que su madre nunca hubiese podido hacer. No es más que el resultado de tantas mujeres luchadoras como ellas que, sin renunciar a quiénes son, reivindican que son mucho más de lo que otros quieren hacerles creer: como aquí, no veo mucha diferencia en eso. Ahora una parte de la sociedad argelina comienza a asumir que los roles establecidos no son lo que algunos quieren, tal vez se acabaron algunos engaños del pasado.

Cuando más tarde alguien le lanza una camiseta roja, la anuda a la bandera y la muestra al público: así las mantendrá alrededor del cuello durante todo el concierto, en que lo devolverá a sus propietarios. Tal vez sea demasiado pensar en el simbolismo de un Magreb unido, tal vez no: los pueblos suelen ir muy por delante.

Un concierto de ritmos, con percusión y electrónica, muchos con retazos que recuerdan a nuestras músicas y nuestros sonidos, en algún lugar están las raíces comunes y no es tan lejano. Algo más formal que Oumar Pène el día anterior, pero cada uno tiene su público, y la carpa, una vez más, estuvo prácticamente llena

Oumar Pène, para senegaleses y para todos, cantó por primera vez . Uno de los símbolos de la música africana que lucha contra el exilio del continente


El amigo Julio Castro ha acudido como espectador y periodista a las diferentes ediciones de Noches de Ramadán celebradas en Madrid.
A continuación se incluye su crónica sobre el primer concierto protagonizado por Oumar Pene.
www.larepublicacultural.es/articulo.php3?id_article=1040

Fue allá, hacia principios de los ’90, cuando una amiga de la familia que viajaba a África me trajo unas copias de unas cintas de la música actual del África subsahariana, tal y como le había pedido. Poco sabía yo por aquellos años lo que realmente significaba y significaría más adelante el conjunto de los intérpretes y de los estilos musicales que habitaban en aquellas dos cassettes (hoy quién sabe dónde) para la música africana de la época actual y para la gente que, lejos de sus hogares, escuchan o presencian en días como ayer a un Oumar Pène.

Qué personaje para desgranar una historia, porque ser músico puede ser difícil en nuestras latitudes hoy día, pero serlo en Senegal en aquellos tiempos, en la zona de Pikine, seguramente no sería más que estar condenado a la miseria y a una corta subsistencia: y esto es la vivencia, pero también, la suerte para Oumar y para nosotros, que hoy podemos escuchar su música. El encuentro con Baila Diagne fue el descubrimiento de su voz y el arranque de su carrera musical y el maestro al que tiene que agradecer su acceso a ese mundo pero, seguramente, es el encuentro con el senegalés de origen nigeriano Ismaël Lô, lo que confiere un nuevo rumbo a la música africana, a estos nuevos músicos que crearían un estilo de la música de raíz traída al moderno escenario que combina lo electrónico con el instrumento clásico de diversos países, con una música basada en el ritmo y la voz.

Parece increíble que deba ser en un festival financiado donde puedan venir a actuar en Madrid, monstruos de esta categoría que ya está dentro de la historia musical. Es, una vez más, la prueba de que no hay norte en el mundo de la música en este norte de altas fronteras y retacas mentes, donde apenas es posible presenciar (ni siquiera escuchar) música de todo un continente con su diversidad, salvo que se trate de “curiosos negritos con tambor y taparrabos”, porque eso es lo que muchos aprendieron de pequeños y otros desaprensivos enseñan de mayores: los negros vienen a robar y a mendigar a nuestro país por que nos envidian. Pues no, vienen a vivir, mejor dicho, a no morir, que es lo menos que se puede pedir. Pero casi cualquier cosa que se salga de los esquemas, no existe. Sería mucho pedir que la música africana le sonara a mucha gente, cuando dentro de nuestro panorama tampoco preocupa mucho más allá de OT y otras basuras similares. Pero es que aquí, Lavapiés vuelve a ser el barrio multicultural, el de la convivencia para tod@s.

Pues bien, lo de ayer en Lavapiés fue una fiesta, en la que la carpa habilitada para el evento (aún más abarrotada que el pasado año con Darga en el mismo festival), estaba llena de senegaleses felices de escuchar a su Oumar, cantando con él y bailando por todas partes. Un efímero sentimiento de regreso a la tierra donde realmente les gustaría estar, si la esperanza de vida no fuese lo que es. No dejaba de mirarlos y preguntarme cuántos de ellos no habrían venido en esos cayucos que desafían al océano para llegar a Europa; y cuántos no llegaron, porque se jugaron la vida para no perderla allí miserablemente. Nuestra vida no deja de ser más sencilla, pese a que nos olvidemos de esto. Hoy día que se cierran fronteras para reivindicar patrias y nacionalismos, que tan sólo son símbolos de la moneda, es chocante asistir al concierto de un africano, panafricanista declarado desde su música, y ver cómo la gente aplaude y clama al grito de “África”: es una medida más del internacionalismo que algunos defendemos. La organización de festivales como este permite que fluya el intercambio de culturas, sin distinción a la hora de divertirse y disfrutar la música. Y con una persona que acceda a conocer que hay otras músicas que aquí no se difunden, y otras gentes que las viven con la misma intensidad, ya habremos avanzado medio mundo.

Más de 12.000 personas participaron en el Festival Noches de Ramadán de este año



El Festival Noches de Ramadán 2008 ha superado la participación de la edición del año anterior al contar con la asistencia de más de 12000 personas en las distintas actividades que tuvieron lugar durante su celebración (del 24 al 28 de septiembre en Madrid).

La implicación de cerca de cuarenta entidades ciudadanas, desde asociaciones de vecinos a entidades de emigrantes del mundo árabe, senegaleses, pakistaníes o de Bangladesh, han contribuido a que los vecinos de Lavapiés, y de todo Madrid, hagan suyo el festival. En este sentido la implicación ciudadana es otra de las características a destacar en el barrio madrileño que acoge a ciudadanos de más de noventa países.

Ya desde el primer día de festival –el miércoles 24–, el público abarrotó la sede de Casa Árabe para presenciar la conferencia Las Comidas del Ramadán, en la que un experto y cuatro cocineros presentaron algunos de los platos con los que se rompe el ayuno en diferentes países musulmanes. Tras la charla, los asistentes pudieron degustar platos del oriente y el occidente árabe, así como de Senegal y Bangladesh.

Sin embargo, la mayor afluencia de público se registró una vez más en los cuatro conciertos que tuvieron lugar entre el miércoles 24 y el sábado 27, y que lograron reunir a más de 4000 personas en algunas de las actuaciones, que también pudieron degustar té y pasteles árabes. La elección musical, donde la diversidad y la calidad eran sus notas dominantes, han hecho que todos los conciertos fueran masivos, respetándose los horarios y sin ningún tipo de incidente.

En la primera jornada actuó el senegalés Oumar Pène, poniendo de manifiesto por qué es uno de los mejores artistas de la world music a nivel mundial. Hacía años que no actuaba en Madrid y la numerosa población senegalesas se movilizó para la ocasión. A ellos se unieron cientos de madrileños y de diferentes procedencias, entusiastas del mbalax y de las músicas más actuales de África.

Chaba Zahouania entusiasmó a una carpa prácticamente llena. No es de extrañar; era su primera actuación en España y los seguidores del raï no querían perderse a la que se consideran la sucesora de la gran Cheika Rimitti. Zahouania, compañera musical del desaparecido Cheb Hasni, deleitó con un memorable concierto que reflejaba su calidad y buen hacer.

La tercera noche era la de la sorpresa. Noura sólo había actuado en Europa en la pasada edición de Pirineos Sur, no tiene disco publicado en España y tampoco la comunidad mauritana es significativa. Su concierto, dividido en dos partes, comenzando con un formato tradicional para continuar con ritmos más actuales, fue considerado, por muchos asistentes, como el mejor del festival. Lo novedoso: la voz de la magnífica cantante mauritana, unida a los coros y la instrumentación musical, que hicieron que la carpa abarrotada se pusiera a bailar en una noche emblemática que cautivó a los asistentes.

El último concierto era una apuesta segura. H-Kayne es, junto a Darga, uno de los máximos representantes de las músicas actuales de Marruecos y desde el primer tema al último el público que abarrotaba el espacio disfrutó con una manera de interpretar el rap alejado de los parámetros habituales. Un espectáculo musical digno de la mejor escena musical contemporánea, seguido por ciudadanos de las más diversas procedencias. Mientras esto ocurría una tormenta torrencial descargaba, pero eso no importó a los varios de miles de asistentes que agotaron los tés y los pasteles previstos. Minutos antes de acabar la actuación, desapareció la lluvia y la noche de Ramadán continuó por las calles y locales de Lavapiés.

También cosecharon un gran éxito de asistencia las dos proyecciones del largometraje marroquí Transes, que tuvieron lugar en la Filmoteca Española, y en las que se llegaron a contabilizar casi doscientas personas por sesión.

Por último, los talleres programados para el púbico infantil y juvenil, entre los que había cuentacuentos, títeres, caligrafía árabe y taller de hip hop, volvieron a entretener a los participantes y a mostrarles la diversidad cultural del mundo árabe y musulmán.

Representantes de los Ministerios de Cultura y de Asuntos Exteriores y de Cooperación, junto del Ayuntamiento, no quisieron perderse este encuentro cultural. Miembros de diferentes medios de comunicación nacionales se encargaron de presentar cada concierto, que a su vez se traducía simultáneamente al árabe. Periodistas de Senegal y Mauritania también estuvieron presentes, destacando la presencia de siete medios de comunicación marroquíes que viajaron ex profeso desde su país, incluido un equipo de la Televisión Pública Nacional para preparar un especial sobre esta tercera edición del Festival.

Casa Árabe, Fabricantes de Ideas, la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo, la Junta Municipal de Distrito Centro del Ayuntamiento de Madrid y todas las entidades colaboradoras, agradecieron la asistencia a todas las actividades que se han desarrollado y los convocaron a la edición del año 2009.