domingo, 20 de octubre de 2013

El IVA no es el problema más acuciante de la cultura

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http://www.lamarea.com/2013/10/19/el-iva-es-el-problema-mas-acuciante-de-la-cultura/

En los últimos días he asistido a diversos encuentros con trabajadores del Ayuntamiento de  Madrid y acudido a reuniones con representantes de colectivos, sindicatos y asociaciones, relacionadas con el sector cultural, sector que pasa por su momento más difícil desde que se instauró la libertad en nuestro país. Lo que acontece no se puede reducir exclusivamente a un ataque de los diferentes gobiernos del PP, ya sea central, autonómico y/o local, contra los trabajadores de la cultura por el posicionamiento político de la mayoría de ellos, error de los que piensan de esta manera para justificar una política tan agresiva.

La política cultural de Madrid solo se puede comprender si se enmarca en el modelo de ciudad en su conjunto. Los conservadores lo tienen muy claro, nunca han engañado a nadie, el problema es que ni oposición, ni entidades, ni colectivos, han presentado un modelo de metrópoli claramente diferente.

Los ejes en los que se vertebra la ciudad –el económico en torno a Azca-Castellana, el comercial de la Gran Vía-Fuencarral y el cultural Atocha-Recoletos– proyectan un modelo concreto y centralizado de ciudad alejado de la ciudadanía, donde prima un desarrollo más o menos ordenado a su manera, con un claro cariz ideológico sustentado en normas represivas inimaginables en democracia. Hace unos días el diario británico The Independent comentaba que las medidas que pretende aprobar el gobierno de Ana Botella son más represivas que las de la dictadura franquista. En ese contexto hay que entender la gestión institucional de la cultura y la de los agentes que intervienen en ella.

El papel crítico de la cultura ha sido inexistente salvo en casos muy concretos como el ‘No a la guerra de Irak’. La cultura vive encerrada en su particular burbuja, perdiendo el contacto con la realidad. Mientras los profesionales de la sanidad o de la educación salen de institutos y centros de salud para mezclarse en calles y plazas con la ciudadanía, la cultura sigue encerrada en centros culturales y teatros. Mientras los primeros denuncian a los lobbies farmacéuticos y educativos como responsables de lo que acontece, los culturales siguen pensando en la industria cultural como aliada, sin diferenciar entre entretenimiento y cultura. Cuando escuchas a un dirigente político denominado de izquierdas o a un dirigente de un sindicato que se define como de clase, haciendo un alegato en defensa de las industrias culturales, entiendes algunos de los motivos por los que la cultura no puede conectar con la ciudadanía.

Puede desaparecer un festival de jazz, privatizar y cerrar centros culturales o que desaparezcan cientos de puestos de trabajo ante la indiferencia general, sin que trabajadores y agentes culturales hagan la mínima reflexión sobre ello. En momentos económicos menos duros que los actuales, el entretenimiento se camufló como cultura y el compartir como delito, sin ser capaces de comprender que la liberación del trabajo solo será posible entre pares, entre iguales, en común. Se vivía bien, no era necesario tejer redes, crear asociaciones de usuarios, contar con el público. La creación de nuevos espectadores no era una prioridad, ni la creación de procesos de auto-organización, ni la formación ciudadana. Solo importaba el consumo, la rentabilidad próxima, la más cómoda.

La cultura que promueve el cambio no está ni en las instituciones ni en las industrias. Está en pequeños laboratorios urbanos y rurales, promoviendo el teletrabajo, la cooperación, el compartir. Tomando calles y plazas, desobedeciendo normas y reglas, mezclados con vecinas y vecinos compartiendo luchas y realidades, muy preocupados por el quehacer diario pero sin miedo al futuro.

Un sector que aglutina a miles de trabajadores autónomos, la mayoría en condiciones de precariedad, a pequeñas empresas que hacen esfuerzos inimaginables para no sucumbir ante una realidad muy adversa de la que no son responsables pero que sí padecen, soportando una presión fiscal y económica que no sufren ninguno de los grandes lobbies culturales que, a pesar de tener deudas e irregularidades de todo tipo, siguen siendo contratados y valorados por la administración, algo imposible para las pequeñas y medianas, para trabajadores autónomos con la mínima deuda, irregularidad o anomalía.

Trabajadores que hacen que innovación y emprendimiento no sean palabras huecas, vacías de contendidos como cuando se utilizan en foros institucionales y en medios de comunicación. Son los grandes olvidados de los que depende que los cambios sean realmente estructurales y no de maquillaje, donde no se relega la cultura a su versión economicista. El estar centrados en ella durante años ha traído consigo el escenario actual. Volver a la creatividad, a los creadores, a los públicos, a la diversidad, la pluralidad, la cooperación en definitiva a la sociedad. Cultura como elemento transformador; el consumo banal es otra cosa.

El IVA cultural es un atentado contra profesionales y públicos. Los que reducen las dificultades de la cultura exclusivamente a su subida, olvidan el papel histórico de la misma, el compromiso con los más desfavorecidos, convirtiéndose, además de en victimas, en promotores y cómplices de la realidad actual.