domingo, 7 de agosto de 2011

A veces es necesario escapar

A veces es necesario escapar, desaparecer un tiempo. Tiempos muy duros los que nos está tocando vivir. Todos, aunque algunos con más responsabilidad que otros, somos responsables de lo que acontece. Muchas veces piensas en abandonar esta parte del mundo donde cada vez las cosas tienen menos sentido. Donde lo que merece la pena apenas se valora, donde las personas son solo números de estadísticas frías, glaciales.


La indiferencia es aterradora cuando se publican noticias que hablan que cada año 850 millones de personas pasan hambre en este mundo donde vivimos, cuando se producen alimentos en el mismo periodo para alimentar a cerca de 12 millones de ciudadanas y ciudadanos. Si ante eso no se actúa, no se hará ante nada.


Se hará para salvar el dinero de especuladores y depredadores. No se trata de salvar a Grecia con un segundo rescate, es evidente que es otra más de las muchas mentiras que nos cuentan todos los días. A las autoridades monetarias griegos, portugueses, españoles o los ciudadanos y ciudadanas de cualquier parte del mundo, les importamos un bledo. Lo que tratan de salvar son los capitales e inversiones realizados en esos países realizando políticas especulativas hasta vaciar los estados de tal manera que ya poco pueden hacer, cuando hay interés en hacerlo, para proteger los intereses propios.


Preocupante es que ante la globalización económica no surja un proyecto político global que entienda que la acción ya no es nacional, que lo local tiene poco sentido. Por eso los diferentes movimientos espontáneos surgidos son un ejemplo que se puede y debe de intervenir de otra manera y a partir de ellos participar en la acción diaria de proximidad, esa que parece siempre olvidada.


Los acontecimientos de los últimos días en Madrid, solo pueden dar pena. El cierre de la Puerta del Sol por la posible concentración de un movimiento reivindicativo que ha mostrado su carácter tolerante y pacífico es un ejemplo evidente de que cada vez la presión política y mediática de la extrema derecha tiene más incidencia de lo que queremos creer. Está presente en muchas instituciones y donde esto no ocurre su influencia es evidente en muchas de las acciones y comportamientos que ser realizan. No debemos olvidar que el último gran atentado producido en el viejo continente ha sido perpetrado por un extremista católico con cuyas teorías muchos están de acuerdo, aunque evidentemente nunca lo manifestaran en público.


Quizás a veces es preciso desconectar. Seguramente es un comportamiento egoísta, pero merece la pena huir, apagar móviles y ordenadores, leer una buena novela, pasear por lugares próximos geográficamente pero lejanos en el día a día y recapacitar sobre las personas, las acciones y las ideas que merecen la pena.


Reflexionar para mantener viva la esperanza, para entender, como decían los históricos, que solo nosotros podemos cambiar nuestro destino. Hay muchas personas, muchas ideas por las que merece la pena batallar. La individualidad de cada uno debe unirse en un pensamiento colectivo para plantar cara a los que quieren silenciar las ideas, el pensamiento libre, la solidaridad, la justicia, la creación y el conocimiento compartido.

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