viernes, 24 de febrero de 2017

El tango “Cambalache”, o cuando las Sagradas Escrituras sirvieron para algo más… por Alberto Azcárate

En la foto Alberto Azcárate

“Cambalache”, el tango que Enrique Santos Discépolo compusiera en 1935, es uno de los más conocidos, tanto en la Argentina como en el exterior. Hace un radical cuestionamiento moralizante de usos y costumbres emergentes en el siglo XX. Y para ello utiliza el lunfardo, argot que naciera y se instalara en los barrios populares de “La Reina del Plata” (ciudad de Buenos Aires) en la segunda mitad del s.XIX. Con posterioridad esta especie de dialecto fue utilizado por letristas –como E.S. Discépolo- que lo alzaron a la categoría de vehículo de lo que podría enunciarse como cultura nacional.

“Cambalache” es una prueba acabada de ello. Ciertamente, habrá que apelar a la intuición –y quién sabe no baste- para intentar descubrir los sentidos ocultos tras al ropaje de ese lenguaje tan cifrado como distante. Pero uno de sus versos  escapará al entendimiento de hasta el más sagaz argentino (“el más pintáu” se diría en ese mismo código), salvo que esté advertido por alguna referencia bibliográfica. Se trata del fragmento:

Igual que en la vidriera irrespetuosa de los cambalaches

se ha mezclao la vida,

Y herida por un sable sin remache

ves llorar la biblia junto a un calefón”.

La expresión tiene mucho más que ver con usos de la vida cotidiana que con alguna impronta trascendental. Específicamente, está asociado a la higiene personal.

En la Buenos Aires de finales del x.XIX se utilizaban bacinillas (también llamadas “tazas de noche”), cuyos contenidos –tal y como sucedía en nuestras latitudes- eran despejados por las ventanas en una acción precedida por el grito de advertencia: “¡agua va!...”. Su uso se complementaba con el de las letrinas, amparadas por una pequeña construcción separada de la vivienda por un patio; otras estaban ubicadas en la parte final de las residencias, inmediatamente antes del patio. Recién a inicios del x.XX las familias de mayores recursos comenzaron a instalar baños, con lavatorios e inodoros.


Demás está decir que el papel higiénico era un artículo de lujo, que sólo varias décadas más tarde alcanzara uso masivo. Mientras tanto, las familias se arreglaban colgando de un gancho de alambre pedazos de diversas calidades de papel; lo más usual era el de periódico, aunque fuese mejor valorado el más escaso y suave que se utilizaba para el embalaje de frutas, especialmente manzanas y peras.

Pero hete aquí que, en la primera mitad del s.XX –por feliz casualidad para los humildes habitantes de la urbe porteña- los protestantes decidieron disputar la feligresía a la muy consolidada fe católica vaticana. Y, como recursos económicos no les faltaban dispusieron la edición de miles de ejemplares de La Biblia, para oficiar de soporte en el sacro mensaje que se proponían hacer llegar al pueblo. Mal sabían que los poco informados habitantes de la ciudad irían a tomar lo de “sacro” en etimología muy distante de la vertiente religiosa. La gente no tardó en percibir la extrema suavidad del “papel biblia” y decidió reciclar su uso para fines mucho menos elevados que los que inspiraran la iniciativa protestante.

No hay registros confiables acerca de cuántos leyeron algún fragmento de tan preciado tesoro, lo que es indiscutible que la utilización de La Biblia se popularizó en las letrinas de los hogares porteños. La gente le perforaba la tapa y la colgaba de un gancho de alambre (“el sable sin remache”) que usualmente estaba al lado del calefón (calentador), muy cerca del retrete. Por obvios motivos, huelga describir el procedimiento ulterior.

En su “Cambalache”, E. S. Discépolo, utiliza la imagen que el fragmento cifrado enuncia para –en guiño escatológico- trazar una semblanza de lo que considerba impronta decadente del siglo XX.

https://youtu.be/fuvX9B9Sm3M


Texto de Alberto Azcárate (General Villegas - Argentina)

Articulista en medios digitales.

CAMBALACHE

Que el mundo fue y será una porquería,
Ya lo sé;
En el quinientos seis
Y en el dos mil también;
Que siempre ha habido chorros,
Maquiavelos y estafaos,
Contentos y amargaos

Valores y dubles,
Pero que el siglo veinte es un despliegue
De malda' insolente
Ya no hay quien lo niegue;
Vivimos revolcaos en un merengue
Y en un mismo lodo todos manoseaos.

Hoy resulta que es lo mismo
Ser derecho que traidor,
Ignorante, sabio, chorro,
Generoso, estafador.
Todo es igual; nada es mejor;
Lo mismo un burro que un gran profesor

No hay aplazaos, ni escalafón;
Los inmorales nos han igualao.
Si uno vive en la impostura
Y otro roba en su ambición,
Da lo mismo que si es cura,
Colchonero, rey de bastos,
Caradura o polizón.

Que falta de respeto,
Que atropello a la razón;
Cualquiera es un señor,
Cualquiera es un ladrón.
Mezclaos con stavisky,
Van don bosco y la mignón,
Don chicho y napoleón,
Carnera y san martín

Igual que en la vidriera irrespetuosa
De los cambalaches
Se ha mezclao la vida,
Y herida por un sable sin remaches
Ves llorar la biblia contra un calefón.
Siglo veinte, cambalache
Problematico y febril

El que no llora, no mama,
Y el que no afana es un gil.
Dale nomás, dale que vá,
Que allá en el horno nos vamo a encontrar.
No pienses mas, echate a un lao,
Que a nadie importa si naciste honrao
Que es lo mismo el que labura

Noche y día como un buey,
Que el que vive de los otros,
Que el que mata o el que cura

O esta fuera de la ley.

1 comentario:

Alejandra Tallarico dijo...

Muy interesante. Es increíble cómo cambian las costumbres y la memoria de estas se va perdiendo. La música ayuda a mantener viva la historia. Gracias por el artículo.