viernes, 27 de enero de 2017

La historia canallesca de la Guerra de Las Malvinas ve la luz, por Alberto Azcárate


Texto de Alberto Azcárate (General Villegas - Argentina)
Escritor, articulista en medios digitales, activista de Ganemos Madrid.

Acaba de darse a conocer el testimonio de Sidney Edwards, oficial de la inteligencia británica, según el cual, sin la colaboración directa de la dictadura de Pinochet, no habría sido posible el triunfo británico en la guerra de Las Malvinas (Falklands para los ingleses).


Lejos de nuestra intención promover cualquier disputa en clave patriótica. Nos es ajeno ese fervor; compartimos con el escritor –precisamente británico- Samuel Johnson (1709-1784) la afirmación de que “la patria es el último refugio de un canalla”. Los patriotas, militares o no, juegan a la guerra y los muertos los ponemos nosotros.

Dos canallas, ambos generales, y  sus séquitos se empeñaron –y nos involucraron- en esta disputa patriótica que nunca debería haber ocurrido. Por una parte, Leopoldo Fortunato Galtieri, continuador de la dictadura de Videla, vio la ocasión de recomponer el mellado prestigio de las fuerzas armadas argentinas por la consumación de la masacre masiva a la que llamaron “guerra sucia”, que acarreó la muerte de varios miles de argentinos y argentinas y la “desaparición” de alrededor de otros 30.000; aparte de los que se marcharon del país. Para emprender la gesta en las remotas islas se sirvió del pueril argumento sembrado durante largas décadas por libros de historia y plumíferos más comprometidos con las abstracciones patrióticas que con los derechos de los ciudadanos: “las Malvinas son argentinas”.

De la otra parte, Augusto Pinochet –“el carnicero de Chile”- y su banda, responsables directos del golpe de 1973 que acabó con el gobierno del presidente Salvador Allende y, de paso, con su vida; hace poco se confirmó su asesinato y el desmentido del supuesto suicidio. A su régimen también le cupo la proeza de cortar las manos y asesinar al cantautor Víctor Jara, a Orlando Letelier y su esposa, en atentado con bomba cometido en Washington, y el calvario de miles de chilenos y chilenas en el Estadio Nacional, así como a masacrar a activistas obreros, estudiantiles y campesinos. Estos patriotas argumentaban que los –también patriotas- vecinos guardaban afanes expansionistas. Como corresponde a la conocida naturaleza militar, ambas versiones son ciertas y también falsas. Unos y otros pretendían justificar su existencia en los afanes expansionistas del contrario a costa de algunos kilómetros de territorio.

Las pérdidas materiales están a la vista: algunos miles de argentinos y algunos cientos de británicos –todos soldados-  ya no volvieron a sus hogares. Además de toneladas de chatarra flotante y aérea sepultada para siempre en las gélidas aguas de los mares del sur. Según el testimonio del oficial de inteligencia inglés, los patriotas chilenos fueron premiados con seis aviones de regalo y –lo que no confiesa el militar- el más que probable premio “personal” a los más altos cargos involucrados en tan importantes servicios prestados al imperialismo inglés, de larga y tenebrosa tradición en el arte de expoliar las riquezas de las colonias y de aprovechar sus fisuras para consumar negocios. Recordemos la infame Guerra de la Triple Alianza, en la que la tríada formada por los ejércitos de Argentina, Brasil y Uruguay, consumaron entre 1864 y 1870 un genocidio con el pueblo paraguayo. Como telón de fondo, los intereses de dos imperios: Francia e Inglaterra. La Banca Morgan se encargó de financiar a los ejércitos “ganadores”. Paraguay hasta el día de hoy padece de déficit de población masculina, exterminada en aquella gesta infame.

Del nefasto episodio conocido como Guerra de las Islas Malvinas  (Falklands para Inglaterra), sólo vale la pena recordar dos testimonios; ambos se los debemos al arte: el poema “Juan López y John Ward”, de Jorge Luis Borges, y la balada “Sólo le pido a dios”; de León Gieco.

Alberto Azcárate

“Sólo le pido a dios” (León Gieco)


 JUAN LÓPEZ Y JOHN WARD (Jorge Luis Borges)

Les tocó en suerte una época extraña.

El planeta había sido parcelado en distintos países, cada uno provisto de lealtades, de queridas memorias, de un pasado sin duda heroico, de derechos, de agravios, de una mitología peculiar, de próceres de bronce, de aniversarios, de demagogos y de símbolos. Esa división, cara a los catógrafos, auspiciaba las guerras.
López había nacido en la ciudad junto al río inmóvil; Ward, en las afueras de la ciudad por la que caminó Father Brown. Había estudiado castellano para leer el Quijote.

El otro profesaba el amor de Conrad, que le había sido revelado en una aula de la calle Viamonte.

Hubieran sido amigos, pero se vieron una sola vez cara a cara, en unas islas demasiado famosas, y cada uno de los dos fue Caín, y cada uno, Abel.

Los enterraron juntos. La nieve y la corrupción los conocen.

El hecho que refiero pasó en un tiempo que no podemos entender.