jueves, 12 de febrero de 2015

Conversando con La Niña del Cabo sobre ‘flamenhop’ y el sector musical


Artículo publicado originalmente El Asombrario
Se inspira en el flamenco, el jazz, el rap y el folclore, consiguiendo una sonoridad propia que la caracteriza. Algo que enorgullece a esta almeriense que se siente también de Canarias, Madrid y La Habana. “Intento encontrar una manera propia de expresarme”, comenta La Niña del Cabo, Noemí Maldonado, que ha publicado recientemente ‘Matajari Maldonado‘, junto a músicos cubanos y colegas raperos.
Noemí Maldonado comenzó su andadura musical a finales de los noventa. En 2002 grabó su primera maqueta pero hasta 2011 no publica su primer disco, ZUM, que presentó en España, México y Cuba. Recientemente ha editado Matajari Maldonado,acompañándose de músicos cubanos y algunos colegas raperos como David de Omni, Brebaje Man y el español Pedro Kalongi, con Tito Gómez ayudándola en la producción.
Grabación autoproducida mediante financiación colectiva, comentando en Facebook el proceso: “No tengo casa, no tengo coche, no tengo hijos, no tengo novio, no tengo marío, no tengo dinero… Yo lo que tengo son MECENAS”. Producción nada fácil por otra parte: “La grabación fue tremenda. El reto era complicadillo. Comencé a grabar cuando acababa de empezar el proyecto de crowdfunding, no sabía si lo conseguiría y podría pagar. Me quedaba muy poco dinero para sobrevivir. Me fui con unos 1.700 euros para un año y grabar un disco en Cuba organizándolo por mí misma, sin ser de allí, otro obstáculo al que te tienes que enfrentar. La experiencia fue impresionante. Estoy muy contenta con la sensación de hacer música con gente que vive tan lejos y en una realidad tan distinta. El poder de la música es lo que tiene”. A su vivencia en Cuba añade: “Fue una experiencia muy, muy enriquecedora a todos los niveles. Era un reto que me propuse y creo que he salido más fuerte. Me ha enseñado, he disfrutado y creo estar más tranquila conmigo misma. En lo musical también he aprendido, pero casi me llevo más por el lado espiritual. A nivel profesional creo que he abierto nuevos caminitos que me traerán cosas nuevas”.


¿Entonces, las autoproducciones son la alternativa?
Desgraciadamente sí, pero para mí no es un ideal. He aprendido con el crowdfundingque, aunque la gente ponga dinero para tu disco, nunca es suficiente para hacerlo tranquila, se necesitan más fuentes de financiación. También para que puedas comer mientras lo haces; si no, es muy muy complicado; doy fe de ello. Hace falta que la música empiece a valorarse para que podamos financiarnos, que se nos tome en serio. Aquí pides ayuda para el crowdfunding y sigue pareciendo que mendigas.
¿Qué ventajas y qué inconvenientes encuentras en ello?
Las ventajas están claras: eres libre para hacer lo que quieras, aunque a veces dé también mucho pánico. Los inconvenientes: no es suficiente y el trabajo que tienes que hacer supera con mucho lo recaudado. Por lo menos esa es mi experiencia, obviamente no tiene por qué ser la de todo el mundo.
Para intentar correr los menos riesgos económicos posibles, La Niña del Cabo se presentó a una convocatoria de ayudas de la Fundación SGAE en 2014. El programa de financiación para la publicación de discos, vídeos y libros por un importe de 100.000 € le arrojó un resultado negativo. “Me gustaría saber a quién trata la SGAE”, comenta. No era ni la primera, ni la segunda, ni la tercera vez que la negaban la ayuda. “Hasta en cuatro ocasiones he recibido respuesta negativa”.


El mismo día que recibió el correo con la adversa notificación publicó la siguiente nota, también en Facebook: “Acabo de recibir su mail informándome de la denegación de la ayuda por cuarta vez. No sé muy bien a qué santo hay que rezarle para que algún día la Fundación SGAE me ayude a llevar a cabo cualquier proyecto. No creo en la objetividad del jurado ni en la transparencia y, una vez más, me demuestran que da igual el esfuerzo que hagas y la cantidad de tiempo y documentación que presentes, porque nunca te llegará la hora en la que la Fundación SGAE o la SGAE como institución te devuelva todo el dinero que tú, siendo socia, les reportas directa o indirectamente. No puedo darme de baja como socia porque tengo una mínima deuda pendiente que me lo impide, pero en cuanto la salde, buscaré la manera de que mis derechos de autor se cuiden de verdad y pediré ayuda a organismos que, de verdad, sientan que me están apoyando como artista. No me pida que siga pendiente de próximas convocatorias porque me duele tanto en el alma que casi me parece una ofensa. A los que realmente nos partimos el lomo para sacar nuestras propuestas artísticas en este país no se nos ayuda, se nos ningunea. Reciba usted también un cordial saludo. Noemí Maldonado, La Niña del Cabo (profesión: sus labores)”.
¿Qué hacemos entonces con la gestión de derechos de autor?
Con eso tengo dilemas varios. Creo que se tendrían que gestionar los derechos de autor a través de entidades que no fueran una mafia, entidades que practicasen la transparencia y luego que cada uno decida cuándo cede sus derechos o no. Tampoco soy una entendida del tema, pero lo que sí tengo muy claro es que no se nos puede pedir a los que creamos canciones, cine, literatura, etc, que no tengamos ingresos de ningún tipo: ni de las ventas, ni de los derechos de autor, ni de conciertos… ¿Entonces?
Seguimos hablando de su música. ZUM y Matajari Maldonado son dos grabaciones con notables diferencias. “Zum lo grabé en España y Matajari en Cuba. Zum fue el primer disco en el que me embarcaba haciendo de productora también y coordinándolo todo, fue como un curso intensivo para tener claro, o por lo menos, saber cómo no quería hacerlo en Matajari. En lo musical Zum es un disco más introvertido y Matajari todo lo contrario. En Zum la intención era encerrarse y en Matajari, salir hacia fuera. Musicalmente, creo que este último es más rico en sonoridad, en arreglos, menos minimalista”.
“No sé ni siquiera si consigo, después de todo, aportar algo. Lo que intento, no tanto a nivel musical como social, es darle voz a las cosas que me duelen o me parecen injustas y ayudar así a hacer catarsis y que lo hagan otras personas. A nivel musical, en la forma, busco mi propia forma de decir”, asegura. Mientras tanto, acapara todo el procesos creativo: “Escribo, creo la música y la produzco”.
¿En que ámbitos y territorios te mueves?
“Tengo mucha influencia del folklore de muchos sitios. Mucho de flamenco, que es una de las músicas que más me conmueven y en la que he estado sumergida mucho tiempo, tanto que ahora llevo un par de años descansando de ella. Pero he escuchado muchas música de raíz de Latinoamérica, África o España”.
Incluso se atreve a dar vida a un nuevo género musical, el flamenhop: “Es una etiqueta que me he inventado para contestar cuando se me pregunta sobre la música que hago. Intento hallar mi propia manera de decir. Parece que he encontrado una fórmula donde las letras se parecen a lo que se hace en el rap; con la guitarra hago otras cosas, algunas con referencias a ritmos flamencos, otras no tanto”.
¿Cómo ves el futuro del panorama musical?
Ufff… ¡muy difícil! Siempre lo fue, pero lo de ahora obliga a salir por patas. Los músicos en este país somos el último eslabón de la cadena. No hablo de dinero, sino de que no se valora el trabajo artístico en general. La sensibilidad artística metida por el orto, que digo yo.

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