sábado, 1 de marzo de 2014

¿Y de lo nuestro, qué?


Sigo con mayor o menor intensidad el debate de estos días en el Congreso. No deja de sorprender que prácticamente no haya casi referencias a la cultura. Solo Durán i Lleida comentó algo de pasada y desde una perspectiva muy local, la realidad catalana, obviando los recortes que los gobiernos municipales y la Generalitat están aplicando.

 Estamos hablando de un sector que según datos oficiales representa cerca del 3% del PIB español, quedando por encima, por ejemplo, de la industria energética. Se parlamentó mucho de fiscalidad, pero el IVA cultural no aparece prácticamente aunque este Gobierno lo ha subido en 13 puntos, muy por encima del aplicado en Portugal (13%), Alemania (7%), Francia (5,5%), Luxemburgo (3%) o Noruega (0%), y otros países del entorno europeo.

 La Asociación de Promotores Musicales denunció en su momento que la música en directo disminuyó en un 28,92% su recaudación en los cuatro primeros meses de la aplicación del nuevo IVA. La Federación Estatal de Asociaciones de Empresas de Teatro y Danza (FAETEDA) reveló que el teatro en esos cuatro meses perdió un 1,8 millones de espectadores, 31,43% menos con respeto al mismo periodo del año anterior, cayendo los ingresos en un 33% y desapareciendo 600 puestos de trabajo directos. Mientras, el sector cinematográfico estima que pueden cerrar cerca de 1.000 salas de exhibición por esta medida.

 Solo el diputado de CIU interpeló sobre ello. Tampoco se habló de la cacareada Ley  de Mecenazgo, que con casi toda seguridad solo beneficiará a las grandes empresas, industrias culturales y fundaciones dependientes de estas, ni de otras regulaciones que debieran permitir una cierta estabilidad y  crecimiento del sector.

 Por lo escuchado en nuestra cámara de representantes, a nadie parece interesar un sector que mueve cerca de medio millón de empleos y que se desarrolla entre la temporalidad y la precariedad de la mayoría. Nadie plantea una Ley de la Cultura que permita el desarrollo de políticas globales teniendo presente la temporalidad y lo efímero de muchos proyectos. Tampoco parece estar en ninguna agenda política una Ley de Financiación de la Cultura, que vaya más allá del mero mecenazgo. Otra vez comprobamos que lo único que parece importar es el desarrollo de normas relacionadas con la propiedad intelectual e Internet. La presión de las grandes industrias del entretenimiento son evidentes, como en su momento relevaron los cables de WikiLeaks.

Estamos en vísperas electorales: europeas, luego municipales y autonómicas y posteriormente generales. La clase política que ignora la cultura, y a sus trabajadores, en el Parlamento y en las instituciones recurrirá a ella y a ellos como figurantes de una estudiada puesta en escena. Se debería entonces recordar el olvido generalizado que sufre el resto del tiempo. ¿O quizás sea pedir demasiado y salirse de una escenografía donde se ha vivido cómodamente durante mucho tiempo?

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