lunes, 9 de septiembre de 2013

Música y Memoria Histórica


Artículo publicado originalmente en www.lamarea.com/2013/09/06/sin-sal/



Fotografía: Olalla Lojo
VIGO // Este último fin de semana ha tenido lugar el Festival Sinsal San Simón en la Isla de San Simón en la ría de Vigo. Un encuentro singular con algunas peculiaridades que lo diferencian de la mayoría de los festivales y de aquellos que podríamos denominar “con encanto”, como Pirineos Sur o Enclave de Agua.
En primer lugar, el espacio: una isla a la que sólo se puede acudir en barco, y que no sólo depende de este medio de transporte, sino también de las mareas. En segundo lugar, la capacidad, con un número limitado de asistentes –setecientos como máximo cada día– que hace que los artistas participantes repitan las dos jornadas. En tercer lugar, la programación, que se mantiene en secreto hasta que desembarca el primer espectador. Una vez llega se hace pública y la mayoría la difunde a través de las redes sociales, creando una viralidad difícil de conseguir de otra manera. La cuarta, el carácter ecléctico de la misma; de la música más tradicional, tanto en repertorio como en instrumentos, de Germán Díaz, al contundente, corrosivo y distorsionado directo de Triángulo de Amor Bizarro. Por último, su carácter diurno, de 11 a 21 horas. Después todos, a excepción de trabajadores y artistas, abandonan la isla. Todas estas peculiaridades le dispensan una seña de identidad –ni mejor, ni peor– que ningún otro festival alcanza. Es, sencillamente, diferente.
Si lo expuesto podría servir para reflexionar sobre los espacios para la cultura, la relación entre estilos musicales supuestamente antagónicos o la respuesta del público ante lo desconocido, en el caso que nos ocupa se han centrado, casi en exclusiva, en la conveniencia o no de realizarlo en un lugar que fue prisión-campo de concentración franquista. Es decir, reducirlo a la Memoria Histórica.
No se puede obviar ni minusvalorar lo ocurrido tanto en la isla como en otros lugares, pero tampoco convertir recuerdos y gemidos sinceros en relatos y acciones tan excluyentes como los protagonizados por aquellos que quieren ocultar la parte más atroz, feroz y caníbal –que diría Servando Rocha– de nuestra Historia. Quizás algunos artistas y público no conocían esta siniestra realidad cuando decidieron acudir, pero con toda seguridad todos se preguntaron y especularon sobre lo acontecido una vez allí.
El lugar, el espacio y la placa en la entrada, dedicada a las victimas antifascistas que perdieron allí sus vidas, despiertan como mínimo curiosidad. Desde el escenario, los artistas pusieron voces y proclamas sobre memorias pasadas y presentes, estas últimas a veces olvidadas con suma prontitud. Le Parody no dudó en hacer una versión hipnótica del tema que la argentina Juana Molina dedicó a los desaparecidos por la dictadura de su país. El “¿Adónde están los muertos?” sonó con una intensidad, un simbolismo y una complicidad electrizantes. Los más de treinta grados imperantes no fueron obstáculo para que el ambiente se congelara durante unos minutos.
La reivindicación activa pasa por cambiar normas y modelos. Transformar la realidad a partir de la existente, no la que nos gustaría que fuese. Transformar y modificar comportamientos. Recurrir a herramientas y maneras de intervención acordes con las circunstancias actuales. Sumar a partir de lo próximo para ser más. Utilizar útiles activos que permitan un mayor recorrido y complicidad. Construir en común, no a la contra. Ir despacio para llegar lejos. El Festival de San Simón muestra otra manera de entender el papel de la cultura y su relación con la Historia. Quizás algún día veamos el Valle de los Caídos como museo de nuestro holocausto y en su explanada se desarrolle un concierto de punk, de heavy y/o de hip hop. Quizás entonces la Transición haya concluido.

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