jueves, 13 de diciembre de 2012

Activismo y hacktivismo

En los últimos años muchas de las grandes movilizaciones han tenido mayor difusión y relevancia por la labor desarrollada en La Red, a través de las diferentes herramientas empleadas (redes sociales, blogs, medios alternativos, plataformas de denuncia e intervención ciudadanas…), motivando más de un enfrentamiento entre la militancia que podríamos denominar como “clásica” y la surgida con el desarrollo de las tecnologías digitales, que solo debemos considerar como instrumentos para una mayor visualización de aquello que queremos comunicar o denunciar, brecha evidente en ocasiones irreconciliable.
La militancia “clásica” percibe que no se reconoce ni valora la labor de días, meses, años, décadas. La “nueva” envuelta en un cierto elitismo alejado de la democratización que pregona, impidiendo que sus ámbitos y círculos se amplíen, todo ello fácil de visualizar en debates y conversatorios en Twitter, otras redes y plataformas.
El lenguaje no es ajeno a todo ello. La utilización de términos, palabras, frases o mensajes poco comprensibles ayudan a que las distancias no se acorten, al contrario. Ese discurso exclusivo, esa terminología incomprensible aparta más que adhiere. Los que tienen curiosidad o interés por acercarse acaban huyendo ante unas expresiones distantes, incomprensibles, lejanas de la comunicación cotidiana. En momentos en los que se puede descubrir, inventar, reinventar, construir y transformar gracias a La Red y a las plataformas desarrolladas, se ponen barreras para que solo unos pocos puedan realmente participar en los procesos activos, en los creativos, dejando un papel de meros propagandistas o difusores a los más desafortunados, que vuelven a ser nuevamente excluidos o autoexcluidos.
Los lugares y espacios donde se despliegan las iniciativas evidencian también las limitaciones. Grandes equipamientos culturales públicos o privados, territorios alternativos u ocupados, son los sitios habituales. Elitismo en un sentido u otro a donde la mayoría no accede. Actividades, debates y encuentros protagonizados casi en exclusiva por unos pocos, casi siempre del género masculino, jerarquización ajena a la democratización promovida. Trampas perfectamente confeccionadas conocedoras que esta realidad, permiten mantener el orden establecido, conservar privilegios, gestionar tiempos y comportamientos, todo en perfecto orden, con determinados conflictos que ayuden a evidenciar la calidad de nuestra democracia.
Mientras las decisiones no se tomen entre todas y todos, mientras la transparencia solo sea un objetivo, mientras que cada individualidad no esté al servicio colectivo, los cambios y la transformación pretendida nunca se podrán alcanzar. Sino elaborando espacios donde converjan militancia clásica y ciudadanía digital, la universidad y los barrios, apostando por una democracia participativa, por la participación ciudadana en todos los ámbitos, ayudando a la creación de redes transformadoras y de encuentros en igual de condiciones sin elitismos, rechazos o pretensiones hegemónicas que  contribuyan a la ruptura de las barreras históricas entre las diversas izquierdas, ayudando a una recomposición que nada tendrá que ver con lo conocido.
Si somos conscientes de que no estamos en una crisis económica, sino ante una crisis del sistema, también debemos ser consecuentes y reconocer que las militancias también están en entredicho. La labor conjunta de activismo y hacktivismo es esencial para la evolución efectiva de las mismas. Todas y todos tenemos un papel que debemos elaborar, interpretar y compartir, es solo una parte de nuestra responsabilidad ciudadana.

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