miércoles, 25 de julio de 2012

Músicas para combatir, y vencer, el frío

Por Miquel Cuenca, colaborador del suplemento ‘Culturas’ de La Vanguardia.

Noche redonda. Noche cerrada. Noche hermosa la que nos brindaron ayer por partida doble el argelino Kamel El Harrachi y los malienses Amadou & Mariam en el escenario principal de Pirineos Sur. Y eso que la citada noche se prometía gélida. Pero los fríos augurios climatológicos que se cernían sobre el Valle de Tena se rebelaron erróneos, quizá porque los hombres del tiempo no contaban con la ola de aire caliente de origen africano que se estaba gestando en el pantano de Lanuza. Esa que salía a borbotones de la voz del cantante magrebí de recia estirpe musical y de los temas pegadizos de la proclamada pareja de artistas más célebre de África.

Quien rompió el hielo –y nunca mejor dicho- fue El Harrachi, cuyo ilustre apellido musical avala su arte por adelantado. No en vano se trata del hijo de uno de los nombres cabales del chaâbi, ese conglomerado de músicas populares de raíces cultas, ese “pop” magrebí genuino y avant la lettre que Dahmane El-Harrachi contribuyó a difundir como pocos. De tal palo tal astilla. Y aunque quizá el hijo no haya heredado todas las virtudes –por otra parte inigualables- que hicieron justamente famoso al padre, sin duda sabe utilizar con maestría las que tiene –que las tiene. Por ejemplo una calculada y certera selección del repertorio. Así, Kamel rompió el silencio con una bella, afilada interpretación en el modo que marca la nuba Az-Zidane, quizá la más cálida, la más profunda y emocionante de las que integran el repertorio de la Escuela de Argel. No se me ocurre mejor manera de desentumecer almas y músculos. Fue un ejemplo primerizo de esa exitosa fórmula en que consiste el chaâbi, siempre a medio camino de lo culto y lo popular: a ratos Kamel casi nos recordó las depuradas interpretaciones araboandaluzas de un Dahmane Ben Achour, pero para pasar acto seguido a los orientalizantes y pegadizos ritmos de danza. Ritmos que paulatinamente hicieron mella en los ánimos más frígidos hasta conseguir que buena parte del respetable se sumara a los bailoteos de los más incondicionales, aquellos que canturrean de memoria las letras. El colofón final lo puso el celebérrimo “Ya Rayah”. Con un bis no menos apabullante, la archipopular canción “Chahlet Laayani”. En todos estos temas salió a relucir otra de las virtudes de Kamel, la de saberse rodear de excelentes músicos. Juntos nos regalaron un recital del mejor chaâbi, una velada para recordar.

Con menos rodeos se anduvieron Amadou y Mariam, la encantadora pareja de Bamako que pasean su amor, su invidencia y su arte sin remilgos por los escenarios de medio mundo. Lo de los malienses fue llegar y besar el santo (o, más bien dicho, el “wali”, si entre musulmanes anda el juego). Ante un auditorio entregado de antemano y predispuesto a gozar a raudales de su tercera visita a Pirineos Sur, Amadou Bagayoko y Mariam Doumbio, bien secundados por una excelente banda y esforzadas coristas, pusieron toda la carne en el asador desde el primer tema. El suyo fue un ejemplo incontestable de cómo algunos –pocos– artistas son capaces de empezar un recital con la máxima intensidad y mantenerla de cabo a rabo, sin altibajos. Lo hicieron con su fórmula de siempre, ese afro-soul sin colorantes ni conservantes que ha encandilado a propios y extraños. Desplegaron los temas de su último álbum, Folila (2012), bien punteados por los de discos anteriores como Welcome to Mali (2008) o ese auténtico hit que es “Beux dimanche” del memorable Dimanche à Bamako que en 2005 les granjeó el favor definitivo del gran público. E incluso en el ecuador del concierto se permitieron recuperar canciones de los aún más lejanos Tje Ni Mousso (2000) y Sou Ni Tilé (1999). Quizá no es causal que coincidiera con uno de los momentos más pletóricos en emociones de la noche, una suerte de homenaje a un festival que en 2000 apostó por ellos cuando aún eran prácticamente desconocidos por estas latitudes. Y así, entre las chispeantes guitarras mandingas, las carantoñas que Mariam propinaba tiernamente a su amado Amadou, y los ritmos irresistibles que hicieron bailar al público desde el primer hasta el último tema, pasó una noche en que la música se bastó para vencer al frío.

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