viernes, 17 de febrero de 2012

Activismo cultural

En estos días que echa a andar la feria de arte contemporáneo más importante de nuestro país, ARCO, es interesante hacer algún tipo de reflexión. Parece irrebatible que el día a día pone de manifiesto la labor notable de gestores y comunicadores culturales. Su labor permite dar a conocer y difundir determinadas actividades y proyectos que habitualmente no son tenidos en cuenta por los medios de comunicación más convencionales. Las redes sociales juegan en este sentido un papel determinante.


En paralelo surgen nuevas mallas interconectadas protagonizadas por dinamizadores y creadores con el objetivo de dar a conocer otro tipo de propuestas. Conexiones dinámicas y activas con el objetivo de amplificar la labor da cada uno de ellos. Una forma de activismo, en este caso cultural.


Novedosas maneras de comunicar pero también de intervención por parte de los creadores, como la realizada hace pocas semanas directamente por Agustín Benito Oterino. Su estilo pictórico transcurre desde el expresionismo figurativo al abstracto pasando por un cierto expresionismo visceral. Aunque su labor es reconocida por academias de Bellas Artes como las Viterbo y Venecia, ambas en Italia, participando en proyectos como el Civitella de Agliano Orvieto junto a artistas de toda Europa, o realizando trabajados de investigación innovadora sobre la relación entre sonido, escritura y pintura para la Universidad Nebrija de Madrid, lo tiene realmente complicado para exponer en galerías y establecimientos relacionados con la difusión del arte.


No es un secreto que el mercado del arte está en pocas manos, existiendo un acuerdo tácito en el que están incluidos coleccionistas, patrocinadores y responsables políticos, por el cual solo determinados artistas y obras pueden tener acceso al mercado estructurado. Detrás de buena parte de la obra de Miquel Barceló se encuentra el marchante suizo Bruno Bischofberger que se encarga de comercializarla. La galería neoyorkina Pace Wildenstein, la parisina Lelong o la Marlborough con sedes en Nueva York, Londres, Mónaco, Santiago de Chile y Madrid, son algunos ejemplos del mercado del arte globalizado, como bien señalaba Javier Molins en un artículo reciente.


Espacios alternativos y nuevos escenarios son las opciones que tienen los artistas que no están incluidos en los grandes circuitos artísticos. Benito Oterino ha intentado romper su aislamiento exponiendo en un teatro de la capital. Su obra ha podido ser visionada y adquirida durante tres semanas por todo tipo de público, no solo por los asistentes a las sesiones teatrales. El Teatro Fígaro ha cambiado también sus hábitos abriendo sus puertas por las mañanas, una manera más de rentabilizar su espacio. Es tiempo de innovación y optimización de lugares y recursos. A galerías de arte, talleres particulares y ferias de arte hay que añadir lugares como salas de exposiciones no comerciales y la utilización de espacios públicos como teatros, restaurantes, hoteles…


En períodos como los actuales donde la creación y la cultura son relegadas a un segundo plano, es preciso abrir nuevas vías para lograr resultados óptimos. No se trata solo de crear. Es preciso dotarse de herramientas de intervención para dar visibilidad, conocimiento y comprensión, sin olvidar la realidad más próxima. Nuevo activismo cultural que busque la complicidad de creadores, gestores, difusores y público, creando un proceso positivo, participativo y multiplicador que permita seguir visualizando que la cultura, pese a quien le pese, es un derecho humano irrenunciable. El arte tiene un papel fundamental en este sentido. Idéntico al que ha asumido a lo largo de la historia.

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