jueves, 5 de enero de 2012

¡Que inventen otros!

A pesar de los pesares el año 2011 no fue un año tan nefasto como se quiere presentar. Por primera vez en décadas un nuevo pensamiento crítico está presente -no parece que se vaya a estancar- y el procomún se han ido consolidando entre los sectores más dinámicos e innovadores. Nuevas formas de entender cultura, comunicación, relación, compromiso.


La crisis originada por la ausencia de valores donde los ciudadanos nunca somos tenidos en cuenta trae recortes y ajustes para la mayoría, y reservas millonarias de capital para los responsables de la situación política y económica. Nunca se recorta en industria militar –enormemente desarrollada durante los gobiernos de ZP-, en subvenciones a una Iglesia libre de impuestos o en burocracia obsoleta e inadecuada. Sin medidas contra el fraude fiscal, la corrupción, la economía sumergida o la huida de capitales. Ante la imposibilidad de conseguir cajas fuertes de alquiler en Madrid, “Sicav y grandes fortunas se están marchando a países como Luxemburgo” (www.elconfidencialdigital.com/dinero/071296)


Triste sino para nuestros investigadores, que tendrán que elegir entre el exilio o la retirada. El “¡Que inventen ellos!” de Unamuno en plena vigencia y no por cumplirse setenta y cinco años de la muerte del escritor y filósofo vasco. Cultura, educación, arte, cooperación y desarrollo vuelven a ser chivos expiatorios. Se penaliza a alguno de nuestros sectores más dinámicos, los que no visualizan los grandes medios ni los debates parlamentarios, que sortean con enormes esfuerzos las dificultades, contribuyendo a que la marca “España” tenga presencia y notoriedad internacional, una manera distinta de atraer personas y capital.


La cultura y la cooperación internacional han contribuido por primera vez a que tengamos presencia significativa en algunos países africanos; continente injustamente sacudido por hambrunas, guerras, esclavitud, trata de personas, rutas de armas, estupefacientes… Y han enmendado, en parte, la brecha creada por la actuación depredadora de algunas de nuestras grandes empresas en América Latina, hemisferio trascendental por historia, relaciones, idioma. Con medidas como las anunciadas pasaremos al vagón de cola.


En los últimos años, a pesar de errores, abusos y desaciertos, la labor en esos territorios no ha estado marcada por las grandes corporaciones, sino por el trabajo y esfuerzo de cientos de cooperantes, voluntarios, emprendedores, dinamizadores, gestores, personas, creadores, asociaciones, entidades. Ayudando a los más desprotegidos, mitigando desigualdades, creando sociedad civil, fomentado políticas de igualdad, democráticas, trabajando por la paz, los derechos humanos, la mejor manera de entender la diplomacia en un siglo incierto, confuso e injusto. Formas de intervención alejada, en la mayoría de ocasiones, de cualquier forma de neocolonialismo, todo pasará a ser parte de nuestra historia reciente.


Los nuevos aires van por el ladrillo, la desgravación de viviendas, el castigo a las rentas del trabajo. Se silencia el emprendimiento, el compromiso, la innovación. Vuelven a resonar las palabras de Unamuno que vaticinaron, con acierto, un futuro negro, triste, trágico. Esperemos que no vuelvan a ser premonitorias. Retrocedemos en lo mejor que tenemos: investigación, desarrollo, solidaridad, cooperación, creación, cultura, emprendimiento, dinamización; son nuestras señas de identidad. En el resto somos idénticos a los que nos rodean. Si realmente pensáramos como país deberíamos tener, aunque le pesara a Merkel, Sarkozy o Goldman Sachs, un nacionalismo bien entendido, el que nos corresponde, identifica y orgullece como pueblo que el pasado año, a pesar de la crisis, ha batido records de asistencia a determinadas manifestaciones culturales.