domingo, 18 de julio de 2010

“Zaragoza, Casablanca, Orán” por Juan Gavasa.

Pirineos Sur ha forjado su prestigio de festival ideológico a partir de varias certezas y convicciones. La más importante es que el rastro musical que sigue por el mundo desde hace casi dos décadas está guiado por un olfato privilegiado para percibir lo interesante. A veces las músicas sólo pueden ser catalogadas entre buenas y malas. En escasas ocasiones se logra además que lo bueno tenga sustancia; es decir, que resulte perecedero, trascienda a su tiempo y acabe convirtiéndose en un clásico. En Pirineos Sur la nómina de clásicos es ya inabordable para la memoria. En la noche del sábado, la más multitudinaria hasta el momento en esta XIX edición, se reunieron un clásico de la talla del argelino Rachid Taha; una estrella universal en ciernes, la marroquí Oum; y un músico que hará escuela, el aragonés Alejandro Monserrat. Mucha dinamita para una noche construida con varios registros y una coherencia artística digna de elogio.

Oum ya estuvo el pasado año en Pirineos Sur como figura central del proyecto de cooperación “Romper el muro” con el festival Le Boulevard de Casablanca, que dirigió Luis Miguel Bajén y su Biella Nuei. Entonces la cantante marroquí ya dio pistas de su dimensión como artista y mostró sobre el escenario un aura que sólo acompaña a algunos elegidos. Ella lo es. En aquella ocasión apenas se pudo ver un perfil de Oum, quizá el más cercano a sus raíces musicales más tradicionales, las cuales forman parte de su bagaje musical pero más como referencia intelectual que como propuesta artística.

Ayer fue muy diferente. En Pirineos Sur se vio a una Oum más occidental, navegando por unas aguas en las que se encuentra cómoda y segura, moldeando su prodigiosa voz para adaptarla a unos registros menos exigentes pero más sugerentes. Y es así como se descubre a una Oum completamente rendida a las voces clásicas del soul y del funky de todos los tiempos, facturando un concierto que bien podría firmar la mismísima Erikah Badu o la brasileña Cibelle (incluso la forma de vestir recuerda asombrosamente a la norteamericana). Las referencias son tan evidentes y el sonido tan envolvente que algún despistado seguramente no caería en la cuenta que Oum nació en Casablanca y no en Detroit. Oum es una estrella en su país, un personaje de gran poder mediático que seguramente muy pronto romperá definitivamente el muro de occidente para instalarse en las emisoras europeas. Ella es muy buena, ella es hermosa, ella tiene una imagen arrolladora.

El foco de atención de la noche estaba puesto, sin embargo, en el proyecto producido por Pirineos Sur y Le Boulevard, “Miradas cruzadas”, con la dirección del guitarrista zaragozano Alejandro Monserrat. La cooperación entre los dos festivales está mostrando una fertilidad creativa más que notable y un compromiso ideológico que no sólo se queda en las grandes frases y los buenos propósitos. Alejandro es un tipo tímido y discreto que se transforma en el escenario con su guitarra. Entonces deja los complejos en el camerino y se viste con un poderío y un carisma que muy pronto se transmite al resto de músicos. El proyecto que le propuso Pirineos Sur era un reto en toda regla; fusionar el flamenco con la música tradicional marroquí y con otros géneros contemporáneos como el rap, el hip hop y la electrónica, que en el país vecino gozan de una sorprendente vitalidad. El resultado ha sido primoroso.

Alejandro explicaba en las horas previas que éste era un encuentro de músicos y no de músicas. Quería decir que con buenos músicos todo es posible y en este proyecto compartido con la formación Al-Baïda lo que sobraba era talento y mentes abiertas. Las diez canciones compuestas para el proyecto y ensayadas con gran disciplina y meticulosidad durante varios meses de residencias suenan perfectas, cosidas con un fino hilo que da coherencia y sentido a la globalidad del proyecto. La guitarra de Alejandro es la columna vertebral sobre la que se apoya el resto del grupo, formado por diez músicos de aquí y de allá que logran el difícil equilibrio entre el respeto al espíritu del proyecto y la libertad para sondear sus propios territorios creativos. Alejandro Monserrat ha logrado diseñar un proyecto que es fiel al legado cultural de ambos países pero que no se queda en la mera reproducción de sonidos, como si la fusión no fuera otra cosa que mezclar cosas sin criterio. Eso no sería mestizaje y en este caso Monserrat no ha mezclado sino que ha maridado lo mucho que tenemos en común para crear algo nuevo que, sin embargo, es respetuoso con las materias primas que ha utilizado. El guitarrista aragonés estaba obsesionado con no ofender, con cuidar las fuentes de su proyecto consciente de que el bien cultural es el patrimonio más importante de los pueblos. En Casablanca recibió en mayo la aprobación entusiasta del público marroquí. El sábado en la reválida aragonesa recibió la matrícula de honor.

La noche todavía no había terminado. Pirineos Sur había dejado para el final un viejo conocido de Lanuza, el cantante argelino Rachid Taha, uno de los pioneros del rock árabe allá por la década de los 80. A los conciertos de Taha se asiste como los taurinos a las corridas de Curro Romero; con la disposición a vibrar de emoción o quebrar de lamento. Es lo que tienen los mitos, que pueden permitirse determinadas debilidades porque incluso en esos momentos ofrecerán accesos de lucidez que resultarán inolvidables. En Lanuza Rachid Taha hizo un concierto a la carta, recurriendo a sus grandes clásicos para no complicarse la vida. Un salto con red para cerrar una apacible noche en la que el público sólo quería bailar y bailar. Acompañado como siempre de excelentes músicos, el de Orán interpretó con esos desgarros de voz tan reconocibles casi todas las canciones que han servido para construir durante tres décadas su azarosa trayectoria musical. Carismático y cercano, Taha tocaba en casa y sabía que al otro lado del escenario no estaba el enemigo. Lo sabía y ordenó su repertorio manejando un tempo ascendente que culminó con la mejor versión hecha nunca del clásico de los The Clash, “Rock el Casbah”. Fuego en Lanuza para despedir al mito.

Foto: Pilar Hurtado.

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